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05/10/2007

Cuba es todavía un paraíso de grandes motos para un mecánico solitario

Jose Goitia para The New York Times

Sergio Morales trabajando el motor de una vieja Harley-Davidson en su sala de estar, donde realiza la mayoría de sus trabajos de restauración. “Estos motores son prácticamente inmortales”, nos dice.  

 

Por JOSHUA ROBINSON

Publicado: 8 de Enero  de 2009

LA HABANA —  Los amigos de Sergio Morales se burlan con cariño de él por el “luto” de sus uñas y la grasa entremetida en cada raya de sus veteranas manos de 58 años, grasa que lleva ahí tanto tiempo que, tal como le dicen ellos,  es de antes de la revolución de Fidel Castro. 

Pero el Sr. Morales conoce ya todos los chistes y no hay ninguno que le distraiga de su trabajo.  

Se limita a cambiar de lado el cigarillo en sus labios a la vez que con los dedos gira y acaricia las herramientas frente a él, dando una vida a una de las pocas motos Harley-Davidson que quedan en Cuba. Al igual que el Sr. Morales, la pringue entre sus manos es de antes de la revolución del 59.  

El Sr. Morales es el último mecánico que queda aquí viviendo de arreglar estas máquinas al viejo estilo cubano, con piezas caseras para conservar una pizca de la cultura norteamericana por los callejones de La Habana.

Se cree que las Harleys llegaron a Cuba en los primeros años 20 según Martin Jack Rosenblum, el antiguo historiador de la Harley-Davidson Motor Company. Duraderas y potentes, llegaron a ser el estándar para el ejército y la policía.

Pero tras la revolución y el consiguiente embargo de los Estados Unidos, el suministro de piezas de Harley se acabó.  Pronto, la mayoría de las motos quedaron inservibles o salieron de contrabando de Cuba. Hoy en dia, dice el Sr. Morales, hay menos de 100 en la isla. Mimadas por sus dueños, no obstante, las viejas Harleys parece que durarán siempre.  

“Estos motores son prácticamente inmortales”, dice el Sr. Morales, añadiendo que la restauración de un motor puede llevarle uno o dos años, dada la necesidad de ingeniarse sus propias piezas.

El “romance” del Sr. Morales con las Harleys empezó en 1972, cuando empezó a tontear con ellas como  aprendiz de mecánico. Desde el año 59 se habían ganado la fama de ser baratas aunque difíciles de mantener en funcionamiento.  

A los policias se les dió la oportunidad de comprar sus propias motos al departamento por menos de 40 dólares a la vez que el total de las alrededor de 2000 Harleys que había cuando la revolución fue decreciendo poco a poco. Mucho más comunes eran las MZ de Alemania del este.    

“En principio, considerábamos que solamente las necesitábamos para desplazarnos”, dijo el Sr. Morales sobre las Harleys. “No podíamos comprar las MZ –éramos estudiantes- y no teníamos pasta”. Después, nos fuimos encariñando con ellas porque eran unas motos resistentes. Aún sin piezas de repuesto nuevas nos las apañábamos para hacer que las viejas duraran.”  

Siguiendo consejos de unos pocos mecánicos veteranos que alguna vez trabajaran para Harley-Davidson en Cuba e ingeniando sus propias piezas de repuesto a partir de restos de coches del Comunismo dispersos por Cuba, el Sr. Morales empezó a aprender a su manera sobre las Harleys como lo hacen otros para aprender a tocar instrumentos musicales.   

“Deber haber sido el único pais del mundo donde los pobres pudieron comprar Harleys”, dice el Sr. Morales.

Pero la primera Harley que compró no fue una que todo el mundo pueda conseguir. Encontró una Knucklehead Servicar de 1946, originalmente utilizada por un técnico de reparaciones a domicilio, equipada con tres ruedas y un pequeño cajón detrás para llevar piezas y herramientas. El Sr. Morales tenía que conseguirla pero, al estar en excelentes condiciones, no gastó 40 dólares sino 1.200, su salario de seis meses en aquél tiempo.     

“En Cuba, es una admiración completamente distinta”, decía el Sr, Rosenblum. “No es ya al aspecto artístico de la máquina como escultura rodante sino reverencia a la moto como algo fresco y como algo útil”.   

Hay tan pocas Knucklehead de 1946 en condiciones de uso en los Estados Unidos, que cuesta decir que haya alguna en venta. Cualquier moto superviviente estará expuesta en un museo, dijo el Sr. Rosenblum. La Knucklehead del Sr. Morales está actualmente parada a la puerta de su casa sobre unos tacos de madera, mientras él le repara las ruedas, sirviendo de sombrajo a un perro.  Dice que pronto estará otra vez en la carretera, funcionando tan bien como siempre, con el nombre de Superabuela.    

Por descontado, la Superabuela ha tenido algún toque de cirugía estética. El Sr. Morales una vez acopló en la caja de carga un par de bancos para poder llevar a su familia, dos delante, en la moto,  y seis detrás, en la caja de carga.  

“Si se hubiera hecho esto en los Estados Unidos, ¡Dios mio!”, dijo el Sr. Rosenblum riéndose, “los coleccionistas te trincarían y te flagelarían”.

La moto personal del Sr. Morales es una Panhead de 1950, bautizada como El Indio, que compró en 1986 por 1000 dólares después de vender su Flathead de 1945. La moto, que podría perfectamente venderse hoy en los Estados Unidos por 10.000 dólares, aún tiene casi todas las piezas de origen. Las ruedas, no obstante, fueron tomadas de un Skoda, el coche checo. El Sr. Morales incluso le acopló un sidecar, quitándo el chasis de un sidecar de una Ural soviética y diseñando una copia casera de una carrocería Harley.   

El Indio vive en la sala de estar del Sr. Morales, una reducida habitación salpicada de grasa con doble puerta que da directamente a la calle y que es donde el Sr. Morales hace la mayoría de sus trabajos, encorvado sobre un taburete bajito y rodeado de piezas, unas originales, otras caseras. Mete y saca sus motos a la pedregosa calle mientras su mujer esquiva al andar los nueve motores desperdigados por la habitación.   

“Es así como hemos vivido los últimos 36 años”, dice ella con resignación.

 En las paredes, el Sr. Morales tiene unas banderas americanas, unas pocas de placas de clubes motociclistas y una chapa grande en la que lee: “Dios creó el mundo en siete dias y el octavo creó la Harley-Davidson”.

Ha adquirido la mayor parte de los recuerdos en las dos últimas décadas, una vez que terminó la guerra fria. Cuando la información de Occidente empezó a fluir en torno a 1990, el Sr. Morales pudo hacerse con algún manual de reparación de Harley. Fueron las primeras instrucciones sobre el mantenimiento de las Harleys que él habia visto por escrito.

“Aprendimos un montón de cuestiones técnicas importantes”, dice el Sr. Morales. “Pero habíamos aprendido ya  mucho más justamente haciéndolo”.

Más artículos en Mundo » Una versión impresa de este artículo apareció el 9 de Enero de 2009 en la página A6 de la edición de Nueva York.